A principios del siglo XX, Detroit era el corazón de la industria automovílistica y la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos. También llamada la ciudad del motor, Ford, Dodge, Packard Motors o Chrysler y otras marcas tenían allí sus fábricas mastodónticas. La población de entonces era de dos millones de habitantes y la floreciente industria daba lugar a grandes proyectos arquitectónicos y culturales siendo el epicentro de moda del lujo y la tecnología.

Michigan Central Station

Como si de un Hiroshima capitalista se tratará, la posterior recesión económica y el desplazamiento de estas industrias terminaron con este sueño americano. La población disminuyó hasta los 800.000 habitantes actuales y muchos edificios emblemáticos cayeron en ruinas. Con una extensión que supera Boston, Manhattan y San Francisco juntos, Detroit es una de las mayores extensiones de ruinas y barrios abandonados.

La recesión de la industria automovílistica y la subsecuente quiebra masiva provocaron un auge del paro y del crimen que dejaron a esta ciudad en una ruina sólo comparable al decaimiento de una civilización antigua.

Hoy en día, los esfuerzos de la administración están en concentrar la población, restaurar algunos de los edificios históricos y combatir las altas tasas de paro y crimen. Aunque Detroit no es ni la sombra de lo que fue, hay una nueva ola de pensamiento que ha germinado entre los ciudadanos que han montado cooperativas, mercados tradicionales de granja y un sistema sostenible de granjas urbanas.


Uno de los últimos ricos de la ciudad parece haberse contagiado de este espíritu y ha planeado la granja urbana más grande del mundo, Hantz Farms Detroit, que proveerá de alimentos a la ciudad desde dentro y creará los tan necesitados puestos de trabajo.

Me quedo con la curiosa reflexión del camino a los orígenes que toman las personas trás vivir una crisis.

En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento, Albert Einstein